En uno de los talleres de la Escuela Técnica N.º 8 Jorge Newbery, ubicada en Villa Luzuriaga, un grupo de estudiantes emprendió la restauración de un motor que permaneció inactivo durante medio siglo. Se trata de un Rolls-Royce Derwent 5, el turborreactor que impulsó al Gloster Meteor, el primer avión de combate a reacción británico que entró en servicio con los Aliados durante la Segunda Guerra Mundial.
El proyecto convocó a alumnos de distintos años junto con docentes de la especialidad aeronáutica, con el objetivo de que el motor volviera a funcionar antes de finalizar el próximo ciclo lectivo. La iniciativa surgió luego de que el Aeroclub de Chivilcoy donara el avión a la institución y habilitara la posibilidad de restaurar uno de sus motores. Desde ese momento, el taller se convirtió en un espacio donde cada componente fue desmontado, inspeccionado y recuperado con herramientas profesionales.
El Gloster Meteor representó un hito tecnológico para su época. Realizó su primer vuelo en 1943 y comenzó a operar con la Real Fuerza Aérea británica en 1944, lo que lo convirtió en el primer caza a reacción utilizado por los Aliados durante la Segunda Guerra Mundial. La aeronave estaba equipada con motores Rolls-Royce Derwent, una de las primeras generaciones de turborreactores desarrolladas para uso militar.
Finalizado el conflicto bélico, la Argentina modernizó su Fuerza Aérea y adquirió 100 unidades del Gloster Meteor al Reino Unido, lo que la convirtió en el primer país de Sudamérica en incorporar aviones de combate a reacción. Esas aeronaves prestaron servicio durante más de dos décadas y marcaron una etapa clave en la historia de la aviación nacional.
En el taller de Villa Luzuriaga, los alumnos llevaron adelante tareas de mantenimiento que incluyeron el reemplazo del starter, el tanque y la bomba de aceite, la revisión del sistema de combustible, el cambio de mangueras, la limpieza de las cámaras de combustión y la reparación del sistema de ignición. Cada intervención se realizó siguiendo los manuales técnicos originales, con el fin de respetar las especificaciones del fabricante.
El desafío no fue menor. Tras 50 años fuera de servicio, numerosas piezas presentaron corrosión, desgaste o directamente debieron ser reconstruidas. La falta de repuestos originales obligó a combinar conocimientos técnicos con trabajos de fabricación y adaptación, siempre bajo criterios de seguridad aeronáutica.
Para sostener este tipo de iniciativas, la escuela gestiona de manera permanente donaciones de aeronaves, motores y componentes provenientes de las Fuerzas Armadas, aeroclubes y particulares, material que luego se convierte en la base de nuevos proyectos educativos.
No fue la primera vez que los estudiantes de la institución afrontaron un trabajo de esta magnitud. En años anteriores, habían recuperado los motores radiales Pratt & Whitney R-985 de un Beechcraft C-45 y también reconstruido un helicóptero eléctrico a partir de un simulador completamente deteriorado.
Más allá de preservar parte del patrimonio aeronáutico argentino, este tipo de experiencias permite que los futuros técnicos egresen con conocimientos poco habituales incluso dentro de la formación especializada. El trabajo sobre motores históricos y aeronaves reales les brindó una preparación que podrán aplicar más adelante en el mantenimiento de los aviones que continúan operando en el país.